lunes, agosto 07, 2006

Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad.

En una triste y hermosa entrada, Imperator rinde homenaje a un amigo suyo que ha muerto recientemente. Poco más se puede decir que no haya dicho él. O a mí no se me ocurre.


Al navegar por el océano de la vida nuestros barcos van dejando una estela. Muchas veces no somos conscientes de que el hecho de que estamos aquí hace al universo diferente. Nuestro barco mueve el océano y el océano mueve al barco. Las gotas de agua que acariciaran una lejana playa al otro lado del mundo serían distintas a las que lo acarician ahora si ese barco, perdido en la inmensidad, no estuviera donde está y avanzando como avanza. Cada onda, cada remolino, cada diminuta resaca que creamos al navegar llega hasta los confines del océano, los atraviesa y vuelve; y afectan al resto de barcos, al resto de peces, al resto de granos de arena de las playas, al resto de moradores de los mares.

La inmortalidad existe, y su esencia es la que acabo de describir.

El mismo Imperator, en otra hermosa entrada, hablaba sobre la muerte y decía que, llegado un momento, todo lo que él ha sido, todo lo que ha hecho, todo aquello que ama y odia, todo lo que le rodea habrá desaparecido para siempre. Y es cierto. En esta travesía a través de las aguas no nos espera ningún puerto como el que hemos dejado atrás. Nuestro barco se hundirá hasta el fondo, los peces y los microorganismos lo corroerán y lo desintegrarán; todos aquellas personas que hayamos conocido en nuestra singladura morirán, y con ellas morirá también el recuerdo. Al final no quedará nada de lo que somos, de lo que fuimos, o de lo que seremos.

Pero algo permanecerá para siempre: las huellas que hemos dejado en la superficie del océano en nuestro viaje, aunque nadie pueda verlas. Pero eso tampoco importa.

El universo es como es porque nosotros estamos aquí.
El universo será como será porque nosotros habremos estado aquí. Aunque no haya nadie para recordarnos.

4 comentarios:

Último Íbero dijo...

Pues yo me niego a creer que venimos, saludamos y nos vamos. Somos demasiado preciosos y demasiado únicos como para que nuestro destino sea ese.

No. Hay demasiadas señales como para que nos resignemos a pasar sin más y desaparecer en la marea del olvido.

Creo que cuando se termina nuestro tiempo aquí seguimos navegando por el camino recto y llegamos a esa otra costa más allá de los sueños.

Rapunzell dijo...

Los cristales de hielo son bellos e irrepetibles, y fugaces.

No hay nada de malo en ser fugaz. saber que no vivirás siempre, que no hay garantía de más oportunidades, es un llamamiento a dedicarse al segundo presente. Si viviéramos mil años, seríamos 100 veces más perezosos :)))

Eleder dijo...

Rapun, pero puede haber una situación intermedia: la de que seamos inmortales y estemos hechos para durar... PERO que _esta_ apuesta en concreto tenga su tiempo, y de que acertar o errar aquí afecte a todo lo que venga. Combina el llamamiento al momento presente y la garantía de "No más oportunidades" con el creer que perduraremos :)

Nemo dijo...

Y puede no haberla.